Retorno al jardín

Acompáñame al jardín, le digo, necesito averiguar algunas cosas. Mientras mi boca articulaba esas palabras crecía en mí la certeza de que esa invitación no era una buena idea. Cuelgo el teléfono y me pongo a recordar que la última vez que fui al jardín también lo invité. Aquella vez estaba cerrado, nos quedamos los dos afuera mirando el letrero o, más bien, el papel escrito con lápiz pasta, que informaba que, por remodelaciones del museo anexo al jardín, no habría visitas después de las dos de la tarde. No pude averiguar nada ese día. Pero estaba ahí con él para conversar. Quizás podría entrar en sus ojos y averiguar las cosas que necesito saber. Quizás no necesitaba el jardín para entrar al jardín.

Por lo menos una vez a la semana mi mamá y yo almorzamos en Providencia. Vamos a un restorán, comemos lo de siempre, no siempre hablamos. Hoy es distinto, tengo que hablar con ella. –Tomé un ramo en la universidad donde escribimos sobre nuestras visitas a algún lugar, yo elegí el jardín de San Francisco –le digo -Ya –responde. Le cuento que para el próximo trabajo necesitamos encontrar los recuerdos que envuelven a los lugares y que por eso necesito hablar con ella -Así que almorcemos, ¿puedes?Por supuesto, a la una en la Pizza Napoli, que sólo ahí venden arroz blanco y estoy mal de la guata.- Santiago es un infierno. No creo necesario repetir lo que ya todos han dicho sobre la ciudad de cemento y el sol. Llego al restorán, me siento donde siempre, qué bueno que está libre uno de nuestros puestos favoritos. Conocemos a todas las camareras del lugar, hoy me atiende una muy joven que llegó hace poco. Sus labios están pintados de un color tan profundamente rojo que ya desde lejos uno puede sentirla cerca. Trae individuales y cubiertos para dos, también pan y mantequilla en bolitas. -¿Me puede traer ají? –Su cara comienza a enarbolar una pregunta –Rojo, ají rojo en crema, por favor- aclaro. La camarera de labios rojos va por el ají rojo mientras yo espero solo en una mesa para dos. Como de costumbre, se equivoca y trae el ketchup. Se devuelve por el ají verdadero; mientras la veo alejarse diviso a mi mamá entrando.

Decidimos dar la vuelta a la iglesia y seguir la calle de adoquines en busca de un lugar tranquilo. No fue sino hasta que volvimos y miré hacia el suelo que se me ocurrió pensar que era imposible que ese camino diera a un lugar tranquilo si algunos adoquines habían sido reemplazados por piedras con nombres de desaparecidos en dictadura, apresados o matados en esa misma calle. Muchos eran más jóvenes que yo, una tenía el nombre de su madre. Encontramos unos bancos de madera y nos sentamos a conversar. Era extraño hablar ahí, había edificios antiguos rodeando la pequeña plaza donde estábamos y las ventanas eran como ojos observando el desenlace de la tarde. Recuerdo que lloré. Me dijo que no podía darme la relación que yo necesitaba. Cuando intenté, horas más tarde, explicarle a mis amigos qué le había dicho en respuesta, me vi enredado en mis recuerdos, mis planos estaban totalmente superpuestos. Sé que le dije que yo siempre había pensado que los problemas se resuelven, que las relaciones no se acaban por cosas como ésta. El día anterior le había dicho que yo le daba muchos motivos para estar triste (mi pasado, mis responsabilidades en la universidad, mi familia que no lo deja ir a mi casa) y que no podía recordar un mes en el que no hubiéramos tenido alguna pelea. Sean las que hayan sido, mis palabras lo hicieron abrazarme con ternura. Volví a llorar. Estábamos bien. No había averiguado nada sobre el jardín de San Francisco. Tendría que volver otro día.

¿Sabes a qué se refería mi papá cuando me dijo que teníamos una conversación pendiente? –le pregunto. –Supongo que quiere hablar contigo sobre todo esto. –El día anterior me habían negado la posibilidad de llevar a Daniel a mi casa una vez más. Mi papá se había ido de viaje a Bélgica y mi hermano estaba en la playa por el fin de semana, es decir que ninguno de los que más se oponen a mi relación estaría presente para la fecha en que había pensado invitarlo. –Tú sabes que es algo complicado para nosotros. Tú sabes que creemos que está mal, no podemos hacer nada que avale tu relación. Si fueran amigos no habría problema. No es algo personal contra ustedes, contra ninguno de los dos. –Yo le digo que entiendo todo eso, pero que alguna vez tendrán que hacerse cargo, que están alimentando un conflicto silencioso, que qué pasaría si terminara con Daniel por esto, cómo se sentirían en ese escenario. Mi mamá está inquieta, tiene pena. Llega su arroz blanco con pollo a la plancha. Yo pedí lo mismo. Es un buen lugar acá, traen la comida rápido. Lo comemos con tranquilidad, a nuestro alrededor la sala está llena de gente. Me trato de preocupar de los objetos, de lo que envuelve a este momento. Pienso en el jardín mientras vierto un aceite de oliva muy verde sobre el tomate de mi plato. Se parece al agua de la fuente que está en su centro, siempre sucia pero con peces. Aparte de este recuerdo, no puedo sentir nada más. Está bien pensado este restorán, es agradable, sencillo y sin distracciones, te hace comer directamente, sin rodeos, para ceder tu mesa al próximo cliente. –Esto es difícil para mí, todos hacemos sacrificios. Tú sabes que estoy de acuerdo con tu papá, pero también sabes que haría las cosas distinto. – Yo ya no quiero hablar más sobre esto. Me dan ganas de grabar todo para mostrárselo a Daniel, para que vea cómo son las cosas, que entienda que realmente no puedo combatir a mi familia, que no es que no quiera hacerlo, que escuche cómo nos defiendo y se enorgullezca de mí. –Tuve problemas con Daniel por esto. Él siente que los justifico, me dijo que no puede estar con alguien que justifica algo así. No me pide que las cosas cambien, sólo quiere sentir que estoy convencido de que la actitud que ustedes tienen está mal. -¿Y tú qué le dijiste? Que no los justifico. Pero que crecí con ustedes y que son parte de mí. – Surge el jardín en mi memoria. Surjo yo como una semilla en el jardín de mi casa, como un árbol al que podaron y que tiene cicatrices de árbol.

Llegamos al jardín, esta vez está abierto. Estar con él sin duda hará más difícil la labor de averiguar para mi trabajo, pero nuestra relación pende de un hilo nuevamente y necesitamos conversar. Finalmente lo va a conocer, le he hablado tanto de este lugar, se lo he contado, ha escuchado los pájaros que grabé, ha leído mis trabajos para mi ramo de universidad. Después de pagar el aporte voluntario obligatorio de quinientos pesos, lo llevo hasta el centro del jardín. No quiero que aparezca nadie a quien sería útil entrevistar para no distraerme. Me he engañado al venir acá, sé que no haré ningún esfuerzo por obtener un poco de información sobre este lugar. Estamos sentados junto a la fuente, me dice que siente que justifico a mi familia, que si eso no puede cambiar él no lo va a poder soportar. Me dice que me habla consciente de lo vivido, lo reído, lo llorado y lo amado. Yo estoy algo aturdido, pensaba que estábamos bien. La noche anterior habíamos discutido porque no quería pasar la noche en su casa, mi familia me ha pedido que trate de no hacerlo y yo hago lo posible por distribuir mis tiempos entre ellos y mi pololo. Dos noches seguidas era demasiado. Aparece el jardinero, es justo al hombre que necesitaba para mi trabajo, él ha cuidado este lugar por más de veinte años, sabe cómo se llaman los pavos reales y los gallitos, sabe cuántos años tienen los peces de la fuente y cómo cuidar a cada una de las plantas. Cuando planeaba esta visita hice una lista mental de qué preguntas sería interesante hacerle, como por ejemplo qué tipo de personas visitan el lugar, si vienen parejas, qué otros animales han tenido, si conoce a los franciscanos, si rezan en este lugar. En ese mismo momento esas preguntas empezaron a volarse de mis manos, ya no tenían propósito, parecían ridículas al lado de la catástrofe que tenía en mis hombros. Los ojos de Daniel, las puertas a mi jardín más verdadero, se estaban cerrando. Una mujer muy joven se acerca corriendo a saludar al jardinero. Le hace muchas preguntas sobre cómo ha estado el jardín, sobre cómo ha estado él. El jardinero le comenta los nombres de los pavos reales, yo los olvido en ese mismo instante.

-¿Te acuerdas cómo fue ese día que me llevaste al jardín de San Francisco? –Sí, lo recuerdo. Tú tomabas clases de piano en esa casa antigua y oscura que a mí me producía mucha angustia. Yo estaba en la oficina y te imaginaba ahí, tenías que esperar horas entre una clase y otra. Un día no lo pude soportar, compré unos pancitos y unos jugos, inventé una excusa en la oficina y salí a buscarte. Te dije que te llevaría a un lugar secreto porque a los niños les gustan esas cosas. Supongo que quería darte el mensaje de que siempre que estuvieras en un lugar oscuro podías ir a otros lugares que te hicieran más feliz. Una vez había hecho algo parecido, te fui a buscar después de gimnasia, ¿te acuerdas? –No, no me acuerdo. Pero, ¿cómo estaba yo? –Tú estabas en una edad en la que te estabas diferenciando de los otros niños, estabas muy inquieto y curioso y surgió esto del piano como una novedad… -¡No! ¿cómo estaba en el jardín? –Ella entiende mi pregunta y hay entonces un silencio. Daniel se levanta de mi lado, me pregunta hacia dónde está la Alameda, nos despedimos y dejamos atrás la fuente. Dos días después nos prometeríamos intentar solucionar nuestros problemas. Toco con la cuchara el borde enlozado de la taza de café, el sonido hace que mi mamá me mire fijamente: –Estabas feliz.

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Acá también se mueve

A ratos escucho música para morir, es un pequeño trueque que hago con la existencia. Cuando escucho música para morir sé que nada me pasará hasta que llegue ESA parte de la música en la que la muerte corresponde. Me siento seguro en todos esos minutos, pero el destino se torna incierto cuando llega el momento, el momento en que digo: ahora es cuando muero.

Hoy estoy muy tenso. El terremoto fue el sábado pero sigo temblando adentro, estoy plagado de réplicas de origen desconocido, todo me toca. A veces pienso, si ésta ha sido la época en que tantos se han ido, por qué no puedo ser yo. Pues sí puedo ser yo, la muerte es fácil en estos días, la muerte avanza pasos inesperados en la carrera contra la vida y tomará tiempo equilibrar la balanza.

Así que hoy escucho mi música para morir y me siento seguro. Pago el precio de la incertidumbre, la caída de un poste, un auto que se sale del camino, la réplica que acabe con el mundo, justo cuando unos violines indican el final, o cuando la cuenta regresiva de la canción llega a 0. Si así fuera, si así muriera, ¡qué muerte más dolorosa!. Qué muerte más solitaria.

(como todas las muertes, me digo a mí mismo)

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Brevísimo acercamiento a las aplicaciones de Facebook y su evolución

Conocí Facebook porque mi amiga Laura me habló de él. Me contó que todos los "chicos top" (etiqueta irónica) lo usaban, nos reíamos de ellos, por supuesto. Ella me dijo que no le parecía la gran cosa pero que habían unos tests bien chistosos. Ella me contaba y yo me mostraba escéptico, hasta que lo vi con mis propios ojos. Recuerdo que Facebook LA HIZO conmigo, nada me parecía más entretenido que averiguar qué artículo de oficina me representaba mejor, o qué estación del año era.

Y así comenzó todo, Facebook atrajo cada vez a más personas, éstas llegaban para tener contactos, para saber de sus amigos o de sus conocidos, pero se quedaban porque las ofertas de aplicaciones eran muchísimas y se proyectaba que se hicieran realmente infinitas. Muchas veces tenía que hacer limpieza de la página principal que se colapsaba de tantos test que respondía, empezaron a resaltar los perfiles pulcros que escogían con pinzas qué responder y qué no y cuya página cargaba en un segundo, porque no era lo usual.


Las cosas comenzaron a cambiar cuando la mano del "usuario masivo" comenzó a notarse. Los test se volvieron cada vez más ridículos, menos enigmáticos y más feos. Si querías conocer qué personaje de Los Simpsons eras, las preguntas ya no eran sutiles ni pretendían escudriñar tu verdadera personalidad, ahora eran del tipo "¿Dónde sueles pasar el tiempo?", o "Defínete en una palabra", y las alternativas apuntaban directamente a uno de los resultados, como "En la Taberna de Moe" (si quieres ser Homero), o "Revoltoso" para Bart o "Inteligente" para Lisa.

Les digo aquí y ahora: ésa no es la gracia de un test. Pensé en hacer un test-performance a modo de protesta: "Descubre tu verdadera personalidad", con una sola pregunta, "¿Cuál es tu personalidad?" y alternativas del tipo: alegre, ayudador, solitario, nostálgico, agresivo, etc. Cuyo resultado fuera la misma alternativa señalada. Pero no lo hice.

El fin de la era de los tests era inevitable. De paso vino la tremenda renovación del diseño de Facebook, contra la que aún algunos nostálgicos luchan uniéndose a grupos contrarios a ella. Pero en realidad el nuevo diseño de Facebook era infinitas veces superior al anterior, permitía separar para siempre las el muro de todo lo demás, y que el perfil cargara más rápido. Pero la era de los tests no tenía cómo regresar, empezó la era de los highlights, de la comunicación inmediata de las cosas, de postear links sin necesidad de alguno de esos muros especiales (Funwall, etc). La interacción se posicionó como leitmotiv de Facebook. (Es cierto, aún rondan algunos tests, pero ya nadie pasa tardes respondiéndolos, y los que circulan buscan principalmente la originalidad, hubo una gran marea de tests azarosos, precursores del último movimiento de aplicaciones existente, pero ya hablaremos más adelante de ellos)

Como el contacto interpersonal vino a marcar la diferencia de Facebook con todo el resto de las comunidades-web, las aplicaciones se pusieron al día. Al principio fue comparar gustos (toda la familia de aplicaciones Like/Dislike), luego Drinking Buddies, Super Poke, etc, todas permitían interactuar con "aires más reales" a los usuarios. Luego surgieron algunas más complejas como Friends for sale, Are You Interested, y un incipiente Friend Facts que comenzaron a ganar popularidad. Las interacciones que permitían estas plataformas nos daban la sensación de que realmente podíamos generar una vida virtual, no sólo podía pasar y decirte" hola", podía decir cuánto costabas y jugar a venderte, podía pasar a coquetear, jugar a adivinar si habías hecho cosas, comparar mis gustos, mandarte una cerveza, un animalito, una flor para tu jardín.

Y llegó Guerra de Pandillas, momento "bisagra" en la historia de las aplicaciones de Facebook. La idea era que la interacción entre los usuarios estuviera configurada como una competencia mafiosa, conseguir dinero para comprar propiedades y armas, que tuvieras puntos de fuerza, que pudieras pelear contra cualquier otro usuario, hacerte rico con el sudor de la frente. Su éxito fue rotundo, nos encantó.

Pero este sueño acabaría con el balde de agua fría que todos recordamos. Un día todos fuimos ricos en Guerra de Pandillas, la aplicación perdió sentido. Por un error de programación o un hackeo, todos los usuarios tuvieron millones a su disposición y pudieron comprar todo lo que quisieron. ¿Solución? se reseteó la aplicación a una fecha arbitraria, trayendo consigo pérdidas innumerable de progreso en el juego y la consecuente deserción masiva de usuarios. Fue entonces que nos dimos cuenta de que en la realidad le tenemos miedo a los cuchillos y que nunca hemos pegado un combo. Que somos pobres o al menos no lo suficientemente ricos como para tener cinco saunas. Algunos intentaron continuar pero ya no había chispa. Se acababa la era de la interacción virtual en las aplicaciones de Facebook. Estuvimos despojados, las aplicaciones "juego" que siempre habían estado rondando vivieron su época de bonanza, porque a todos nos gusta jugar y no había mucho más que hacer. Acá sobrevino el mayor éxito de Word Challenge, Who has the biggest brain, y todo tipo de aplicaciones que ofrecían comparaciones lúdicas. La necesidad de aplicaciones de este tipo jamás abandonaría a los usuarios de Facebook.

¿Qué más podía ocurrir en Facebook? Tras la decepción latente y aún fresca del concepto de interacción basada en aplicaciones, el resto de las aplicaciones de este tipo comenzó a caer en desuso. Creo que yo todavía tengo un precio en Friends for Sale, pero a nadie le importa, ni a mí. Las aplicaciones necesitaban una respuesta, una aplicación capaz de generar interacción pero sin pretensiones demasiado grandes que significaran una nueva gran decepción para la comunidad. También, poco a poco, comenzaron a volver a ganar un poco de terreno los tests, pero con aires mucho más místicos (cuándo vas a morir, cuántos hijos vas a tener, el nombre de tu pareja, sobrevivirás al ataque zombie, a la gripe porcina, etc). Existía la necesidad de condensar lo personal-manifestativo con lo personal-lúdico-liviano. Y apareció Living Social.

Living Social posee una gran base de datos, una gran representación de los íconos de la humanidad, un mensaje para enviar a otros planetas si queremos darnos a conocer. Pick Your Five fue el gran éxito, la libertad era absoluta, uno escogía qué categoría quería responder y escogía "sus five". De pronto era posible manifestarse en cualquier ámbito de lo humano, en cosas serias y en cosas livianas, en los 5 mejores políticos de un país, en las 5 mejores maneras de suicidarte, en las 5 cosas que no cambiarías por nada, las 5 mejores películas, las 5 mejores canciones. Un lujo. Esto, sumado a la otra modalidad, en la que uno vota en una "encuesta global" sobre diversas cosas (desde el aborto hasta a cómo le dices al corrector, que por cierto se llama corrector y no tipex), satisfizo a los usuarios por un gran tiempo.

Fue una plaga, el muro se llenó de opiniones, un gran foro interminable, un contagio inevitable de unos a otros. Dentro de lo abrumante que se volvió la realidad de Living Social, casi pasaron desapercibidos los primeros tests azarosos. Los menos afortunados tenían nombres como "el test más extraño que jamás hayas hecho", pero otros muchos más sutiles guardaban la sorpresiva respuesta hasta luego de haber contestado respuestas muy serias. Una exquisita tomadura de pelos, aires frescos al agotadísimo recurso del test. Así, poco a poco, tests como "That's not even a question", "In what BADASS way will you top yourself", "qué wea es usted?", "test psiquiátrico de Arkham Asylum" e incluso "Qué piropo de obrero marxista sos" se posicionaron con éxitos inmediatos, pero fugaces.

Living Social alcanzó su peak, de cuando en cuando aún aparecen discusiones acaloradas o votaciones que generan mucha participación, los tests bizarros seguían gozando éxito pero siempre pasajero. Pero la moda cambió, algún visionario logró notar que algo de los tests azarosos causaba sensación pero a la vez otro elemento les daba poca vida útil. Los usuarios de Facebook, como siempre, querían respuestas, que les dijeran que eran así o asá, que mañana tuvieran cuidado, que les regalaran una frase curiosa, bonita, inútil o graciosa, algo. Pero la comunidad de Facebook no había olvidado la ya árida época de los tests, los usuarios ya no querían responder preguntas. Entonces apareció la Galleta de la Fortuna. Sólo un click bastaba y un consejo era regalado, un intento de adivinar el futuro. Su boom fue impetuoso, ni el de Living Social había sido tan precipitado. De un día para otro TODOS usaban la galleta de la fortuna. Los miembros de Facebook ya no querían andar respondiendo tests, querían su frase misteriosa de inmediato, como el Horóscopo pero más diverso, más actual, más propio. Entonces comenzó a gestarse la nueva generación de aplicaciones azarosas, como la cada vez más famosa "Tomás ha tenido su minuto filosófico", hasta llegar a la expresión máxima de la amalgama entre pertenencia y azar: La Caja de Pandora, con una base de datos enorme y que crece exponencialmente. Un botón y CUALQUIER COSA aparece, un botón y hemos llegado al final del proceso dialéctico de desarrollo de las aplicaciones de Facebook, en el que el azar, la expresividad y lo total han encontrado cabida al mismo tiempo.

Todo este camino ha sido, a lo menos, hermoso. Reflejo de lo volátil que es la sociedad misma desde el momento en que cada persona es también un ser inconstante. Me parece sorprendente que siempre que miramos el pasado y nos plantamos con firmeza en el presente no como una circunstancia, sino como una conclusión de hechos anteriores, nos resulta imposible pensar en un futuro, ya que parecemos siempre estar parados en el final de la serpiente que se come a sí misma. O quizás el principio.

on 21:19 5 comentarios

Espirales

Yo creo en los espirales. Y creo que de tanta felicidad uno puede estar triste. Es como una pista en la que el comienzo siempre es difícil y el final es feliz, y cuando ya llevas una vuelta de ventaja otra vez toca la parte de la tristeza. Pero lo bailado no lo quita nadie.

Fue mi cumpleaños y celebré. Nunca había reunido a tanta gente sólo por decir "aquí estoy". Pero al final de tanto derroche, di la vuelta. Y me sentí triste.

on 19:44 0 comentarios

Ella

on 11:45 1 comentarios

V

...



China
all the way to New York
I can feel the distance getting close
You're right next to me
But I need an airplane
I can feel the distance as you breathe
Sometimes I think you want me to touch you
How can I when you build the great wall around you
In your eyes I saw the future
Together you just look away in the distance

China decorates our table
Funny how the cracks don't seem to show
Pour the wine dear
You say we'll take a holiday
But we never can agree on where to go

Sometimes I think you want me to touch you
How can I when you build the great wall around you
In your eyes I saw the future
Together you just look away in the distance

China all the way to New York
Maybe you got lost in Mexico
You're right next to me
I think that you can hear me
Funny how the distance
Learns to grow

Sometimes I think you want me to touch you
How can I when you build the great wall around you
In your eyes I saw the future
Together you just look away in the distance

I can feel the distance
I can feel the distance
I can feel the distance getting close


(China - Tori Amos)

on 15:51 2 comentarios

Paredes

Basta.

La muerte no es alguien. Nadie viene a llevarse a nuestros vivos, acá no hay gato encerrado. La vida es mucho de materia y la materia se acaba, es así de simple morirse. Así de simple y se derrumba la estructura de la vida.

¿Qué es entonces lo que no se derrumba? No hablaré de las cosas del espíritu para no espantar a nadie ni a mí (a estas alturas hablar del espíritu es decir demasiadas cosas que no puedo abarcar). Lo que no se derrumba es la otra estructura, la estructura ficticia en cuanto a su inmaterialidad, pero real en cuanto a que PODEMOS darnos cuenta de ella (sí, bueno, esto ya parece "espíritu"). La estructura de los hombres que quedan vivos es la que persiste, el "cúmulo" de vidas transversales a ésta que se va. Eso queda.

Ha muerto alguien en mi familia y aparecen las cosas. Aparece el nombre verdadero de este hombre, el nombre que no usaba, el que le tienen que decir a la funeraria. Aparecen, claro, los parientes, los amigos, los llamados teléfonicos, la persistencia del timbre, de los vecinos, de la buena voluntad.

Y se muere y lo velan. Y es día último también para otra persona: una mujer. Su nombre es Iris, y está en mi casa desde hace varios años. Hoy dejaba de trabajar acá, pero la muerte opacó ese adiós. Cuando me despedí de ella, me dio las gracias "por todo", aunque yo nada he hecho, luego me nombró "Tomasito" y su voz se puso triste y se quebró ocultándolo.
Cuánto más me duele eso que la muerte. Cuánto más me duele la tristeza de un vivo que el silencio de un muerto. Yo era de ahí, no del velorio.

El velorio era para la ausencia. Sala octogonal, un Cristo con ojos retocados gigantes y feos, un crucifijo. Al centro el ataúd con Alguien y Nadie adentro, antagonismo que sólo acá se vuelve lógico. Los demás, los vivos, alrededor del cuerpo.
Los velorios son un trance, un lugar para que el cuerpo espere su turno. Sentado en algo tan vacío a veces nada nos hace falta y nos morimos un poco para ser empáticos, pero no es falso, es real. Y nos olvidamos.


Nos olvidamos de nosotros, claro. También un poco del muerto. Y el muerto tiene flores muertas por todos lados, y es que la muerte sólo se adorna con muerte: es ley.

Como decía, las vidas transversales son las que quedan, los puntos del circuito que tocaron la muerte de este hombre. Una de las mujeres que está sentada está sin tener que estarlo. No es de Chile, es de Perú, viajó y dejó atrás a su familia, se fue a Argentina, cuidó a una mujer hasta que murió, y ahora cuidó a este hombre. Ella también se irá, quizás cuide a otra persona esperando morir. Qué extraño que haya personas que reboten de muerte en muerte.

En fin, hoy no perdimos sino tres personas en mi casa.

Los que quedamos somos nosotros, los que aún vivimos adentro, los que aún vivimos. Lo que queda de quienes mueren es lo que dejamos que cuelguen en nuestras paredes.

Todo lo demás
Todo lo demás

es agonía.

on 18:57 2 comentarios